miércoles, 11 de noviembre de 2009

Aquella morena

Ella era morena, sus curvas perfectas, ¿quizás quince años?, creo que si, yo no pasaba los dieciséis, me vio con la bolsa del pan “en aquella época comprar el pan era la gran excusa para salir de casa y quedarse un rato en la esquina del barrio”, mientras conversaba con una amiga, se acercó y me preguntó por alguien, no sabía de quien se trataba y seguí mi camino, pero algo sucedió y ella me dio el alcance, me dijo que su amiga ya se iba y que si por favor podría acompañarla hasta la casa de una de sus tías; no conocía bien la ciudad, quedé confundido, me parecía raro que una chica desconocida me hablara con tanta confianza, pero le dije que si; corrí a casa dejé el pan y me cambié al toque, me puse lo mejor que tenía, las zapatillas niké que me regaló mi viejo y el polón negro con la calavera en el pecho que siempre me acompañaba a los tonos con luces que hacían la gente del colegio, salí corriendo de mi cuarto mientras mi madre gritaba, - ¡a donde vas!-.

Al lado de aquella linda chica no sabía que hacer, caminaba con las manos en los bolsillos y contestaba lo que me preguntaba, era la primera ves que caminaba con una chica por las calles.

Caminamos por la ciudad rumbo al cementerio, ya se hacía tarde, la noche cubría nuestros rostros y nos íbamos dirigiendo a una zona alejada del centro.
Le dije que este lugar era oscuro.

- ¿Tienes miedo? – me contestó

Lo que respondí con una ligera sonrisa; hacía rato que ella no me quitaba los ojos de encima, sonreía, jugaba con su cabello negro azabache resaltando su belleza, su rostro delicado y aquellas curvas que habían hecho que deje el pan en casa tan rápidamente.

Llegamos a las puertas de un garaje ceca al cementerio ya era de noche, parecía un lugar abandonado, desértico, “donde quizás ella me mataría y luego arrojaría mi cuerpo inerte al río que tan cerca estaba”, inexplicablemente la puerta estaba abierta, “ahora que recuerdo no había puerta, solo dos paredes rústicas que habían dejado un gran orificio, quizá por algún terremoto que nunca sentí, pero el terremoto lo vivía dentro de mi”, ella me jaló y entramos, la oscuridad era mayor adentro, me llevó directamente hacia un carro, “conocía el lugar”, abrió la puerta trasera, me dijo que entre y ella entró, a esas alturas yo estaba pálido y me despedía de los vagos de mis patas, pero por alguna razón no salía corriendo, de pronto ella me tomo por el hombro y me dijo:

- Me gustas -,

Me quedé mudo y me besó, al principió despacio y luego con pasión, me metía la lengua y yo no sabia que hacer, “¡por díos! nunca había besado a una chica mas allá de un piquito cuando tenía once años, que hacer, que vergüenza”, ella se dio cuenta y me dijo: –¿no sabes besar?-, un si temeroso salió de mis manchados labios rojos, se abalanzó sobre mi y me susurró al oído que me enseñaría, el miedo, la vergüenza y el desconcierto hacían presa de mis sensaciones, pero también estaba excitado; era la primera ves en mi vida y decidí que tenía que vivirlo; ya estaba erecto, ella lo notó me bajó el pantalón y se sacó el suyo, me parecía un sueño al fin iba ha estar con una mujer, desconocida pero no interesaba, me dejé llevar, cuando de pronto sentí algo húmedo y caliente; una sensación extraña, difícil de explicar, ella se había echado sobre mi y ya la había penetrado, se movía y gemía, yo estaba sorprendido, sus movimientos eran lentos y fuertes, el carro empezaba a sonar, pero ya nada importaba, solo el momento, mi primera ves.

Recuerdo que no llegué a tener un orgasmo, solo me queda el recuerdo borroso de cuando ella buscaba su ropa interior, vi tan poco de ella pero toqué mucho y sentí más. Salimos del carro, del garaje y caminamos, ella me tomó de la mano me volvió ha decir que le gustaba y más aun le gustaba el hecho de haber sido la primera mujer en mi vida sexualmente, yo seguía distraído, solo pensaba en que dirían mis amigos cuando les cuente, “no me creerán”. Llegamos a la esquina de la cuadra que daba a mi casa, me besó y me dijo que me buscaría y se fue, caminando ella con sus curvas de infarto; en medio de la noche se alejó.

No recuerdo su nombre solo que vivía en Pucallpa, nunca la volví ha ver, pero cada cierto tiempo y sobre todo cuando veo un garaje, pienso en ella; en su cabello negro azabache, en su delicado rostro y en sus curvas de infarto.

martes, 3 de noviembre de 2009

El infiel

No se en que momento cambió mi vida, de un tipo tranquilo y de ser ratón de un solo hueco pasé a ser un don juan empedernido, un infiel por convicción, toda mujer soltera es una victima a poseer, pero nada de esto me llena, mi vida cada ves es mas vacía, más problemática y estúpida, no se cuando terminará esto, quizás cuando recuperé mi autoestima, pero por ahora disfruto de las mujeres que pasan por mi vida que no son pocas, unas se enamoran y otras no, pero no puedo estar sin ninguna de ellas, más aun nunca he podido dormir solo, no por miedo a la oscuridad, si no por que extrañaría abrazar una delgada cintura, tocar unos generosos glúteos, unos firmes pechos y sentir una respiración caliente en el cuello.

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