Una mujer más
El nombre de una amante más en la agenda, su teléfono solo sabe de nombres femeninos y él es un vicioso de nacimiento, un día le dijeron que era propenso a ser adicto, su personalidad se inclinaba a ello, pero no fueron las drogas, ni el alcohol, o los juegos, hoy lo domina una adicción placentera pero a la vez peligrosa, mujer que conoce es un objeto para satisfacer sus más íntimos deseos y calmar la sed en el que está inmerso por ese vicio, él tiene códigos que respeta, si se le puede llamar respetuoso, la presa debe ser soltera y sin compromisos, lo que él menos desea es algún problema que lo ponga al descubierto y lo deje en ridículo.
Él las trata con cariño las hace sentir importantes y les dice que las necesita, ellas al principio lo aceptan como alguien de ocasión o un romance fugaz, o quizá buscan conseguir algo de dinero con él, pero si no salen a tiempo de su vida, se van acostumbrando entre encuentros furtivos, pasiones excitantes y conversaciones tiernas, cuando se dan cuenta ya lo extrañan, necesitan verlo y buscarlo.
Él las ve como compañeras de turno, pero no por ello las deja de tratar con cordialidad, afecto y cariño, se siente bien con ellas el tiempo que estén a su lado, pero cuando ellas parten y salen de aquel cuarto pirata, el vacío lo visita en lo más hondo de su ser; – no puedo seguir así – se dice, la melancolía vuelve a él, el miedo a destruir su vida por aquel vicio lo invade, el miedo a quedarse solo, a no tener una esposa e hijos y solo ser un simple gigoló lo aturde, le duele ser tan solo un fraude, sabe que ninguna mujer seria lo amará con esas actitudes, con ese vicio que lo asota y cree que superara con los años, aunque ya tan joven no lo es.
Suena el teléfono, contesta, es una mujer, – Te busco mañana, me esperas, cuídate amor -, cuelga y sigue sintiéndose una mierda.
Él las trata con cariño las hace sentir importantes y les dice que las necesita, ellas al principio lo aceptan como alguien de ocasión o un romance fugaz, o quizá buscan conseguir algo de dinero con él, pero si no salen a tiempo de su vida, se van acostumbrando entre encuentros furtivos, pasiones excitantes y conversaciones tiernas, cuando se dan cuenta ya lo extrañan, necesitan verlo y buscarlo.
Él las ve como compañeras de turno, pero no por ello las deja de tratar con cordialidad, afecto y cariño, se siente bien con ellas el tiempo que estén a su lado, pero cuando ellas parten y salen de aquel cuarto pirata, el vacío lo visita en lo más hondo de su ser; – no puedo seguir así – se dice, la melancolía vuelve a él, el miedo a destruir su vida por aquel vicio lo invade, el miedo a quedarse solo, a no tener una esposa e hijos y solo ser un simple gigoló lo aturde, le duele ser tan solo un fraude, sabe que ninguna mujer seria lo amará con esas actitudes, con ese vicio que lo asota y cree que superara con los años, aunque ya tan joven no lo es.
Suena el teléfono, contesta, es una mujer, – Te busco mañana, me esperas, cuídate amor -, cuelga y sigue sintiéndose una mierda.
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